El escenario como terapia de liberación
En mi trabajo como coach vocal, he aprendido que cada voz tiene una historia única. Algunas voces nacen fuertes y seguras, pero otras, como la de Cris, requieren de un proceso mucho más delicado para poder ser escuchadas con claridad.
Cuando Cris comenzó a tomar clases, su voz era tan tímida que apenas la podía escuchar. No era solo que no proyectaba; parecía que su propia timidez le impedía siquiera conectar con su sonido.
Un comienzo silencioso
Desde el primer momento, su reticencia a ser escuchada era evidente. Cris era muy consciente de todo lo que pedía, me entendía perfectamente, pero me miraba con una carita de terror, y de miedo incluso a darme la razón o aceptar con un simple “sí” que lo entendía. Comenzaba a seguir mis indicaciones y lo que salía de su boca eran susurros, casi imperceptibles. A pesar de sus ganas de mejorar, la vergüenza y la inseguridad hacían que su voz se mantuviera atrapada, limitada, casi inexistente.
Como coach, sabía que el desafío no solo era enseñar técnica vocal; debía ayudarla a descubrir su propia confianza. El trabajo con su cuerpo fue clave. Introducimos ejercicios de conciencia corporal, jugamos con lo que encontramos para liberarse emocionalmente y trabajamos la conciencia de la respiración. Aprendió a liberar tensiones y a dejar que su cuerpo fuera el vehículo para el sonido. Pero, a pesar de todo, algo faltaba. A cada demanda que yo tenía, ella tenía una mirada de impotencia.
La preparación para el recital
Un día, durante una clase, Cris me sorprendió con una decisión importante. Quería participar en el recital de fin de curso. Yo ya veía el progreso que había logrado, aunque sabía que aún quedaba mucho por hacer. Le dí mi voto de confianza, convencida de que este recital sería el mejor espacio para que se enfrentara a sus miedos.
En los ensayos previos, trabajamos incansablemente. La técnica estaba ahí: controlaba la respiración, tenía la postura adecuada, y la poca voz que salía de su boca, parecía estar mínimamente conectada con su aire. Pero aún no podía proyectar completamente. Su voz seguía sonando tímida, contenida. En mis conversaciones con ella, le recordaba constantemente que no tenía que tener miedo de ser vista, de ser escuchada. El trabajo con la voz es también es un trabajo de autoconocimiento, de quitarse las capas de miedo y de vergüenza que todos llevamos dentro.
El gran día: La revelación en el escenario
Finalmente, llegó el día del recital. Los nervios se palpaban en el aire, pero Cris estaba decidida. Cuando llegó su turno, subió al escenario, se acercó al micrófono y, para sorpresa de todos —y especialmente para mí—, su voz comenzó a llenar la sala. Era una voz fuerte, clara, sin vacilaciones. ¡Una voz que jamás había escuchado en ella!
En ese momento, no era solo la técnica vocal lo que brillaba, sino la libertad que emanaba de su interpretación. Su cuerpo ya no estaba tenso. Su respiración fluía con naturalidad. Y lo más importante, Cris no estaba solo cantando: estaba expresando una parte de sí misma que antes mantenía guardada. En ese escenario, todo el trabajo que habíamos hecho juntas a lo largo de los meses se hizo tangible.
Ese día, no solo cantó; Cris se liberó. Su voz, finalmente, fue escuchada de la manera en que siempre debió haberlo sido: con seguridad, sin miedo, y sobre todo, con una confianza que hasta ese momento había estado oculta.
El recital de Ana fue más que solo una presentación. Fue el momento en que su voz, y con ella su confianza, se manifestaron en todo su esplendor. Aprendí que, a veces, la verdadera magia no se ve en los ensayos, sino cuando el alumno se enfrenta a su mayor reto y, en ese instante, da lo mejor de sí mismo. Cris no sólo dominó todo lo que había aprendido, sino que se adueñó de su propia historia. Y esa es la lección más valiosa que un coach vocal puede enseñar: confiar en uno mismo y liberarse del miedo a ser escuchado. Pero para ello siempre necesitas que alguien te dé su voto de confianza.